¿QUÉ BUSCAMOS, DE QUÉ HUIMOS?

En algún momento de nuestro vida
tomamos conciencia de nuestra profunda soledad,
cincelada por la necesidad de libertad.

¿Qué hacer cuando la certidumbre se hundió?,
¿volver para recibir la lástima de lo que nos marginó?,
¿quedar expuestos a nuevas crisis de abandono y desolación?

De la flacidez del cuerpo,
del estrujado corazón,
del maltrecho ego
y de la fiel conciencia
hay que sacar fuerza para enfrentarnos a nosotros mismos,
a nuestra cobardía que pretende refugiarse en lo conocido:
su peor infierno y enemigo.

La dignidad obliga,
el derecho a vivir confirma:
continuar el viaje de la vida es el destino.

¿Qué somos los viajeros solitarios?
Seres despechados,
fugitivos de la tristeza,
seres esperanzados en un lugar mejor,
en un golpe de suerte,
buscadores de la serenidad
o simples trásfugas de la monotonía
y la seguridad.

¿Qué somos los viajeros solitarios?
Aprendices de la soledad,
hambrientos de libertad,
almas que no se resignan a morir en vida,
sin duda todo esto y algo más.

El viaje es un puente suspendido entre la desesperanza y la ilusión,
entre el hartazgo y la novedad.

Los caminos y senderos nos alejan de lo que huimos
o sabemos,
nos llevan a lo inesperado,
a lo desconocido,
con el sueño de reencontrar lo perdido
o por fin dar con lo anhelado.

Mas en el recorrido surgen dudas,
sentimientos de culpa
y la sensación de haber errado.

De que la seguridad,
sea la que fuere,
tiene un precio que hay que pagar:
sumisión, exclusión,
sentimientos de pérdida,
de vida y oportunidad.

De retornar es para quemar los sueños,
borrar los esbozos de libertad,
vivir del tiempo que les sobra
y en la anestesia de la cotidianidad.

Por eso continuamos el camino,
con la esperanza que su trayecto nos da,
pues es un puente suspendido entre el ocaso y
el amanecer.

Alto:
cuánta distancia o tiempo se reclama
para que el viaje nos permita escapar,
de los otros y de nosotros mismos,
para despertar en el sueño que conciliamos,
para dejar atrás el lastre que nos hunde
y sentir el libre albedrío,
sin los sobrepesos del conflicto sentimental.

¿O no será la distancia, ni el tiempo
sino el lugar y el equipaje emocional que empacamos al viajar?
¿Qué llevamos en las maletas del corazón y la razón,
que dejamos en el cajón del olvido?

¿O pudiera ser qué tanto pretendemos alcanzar
con el viaje que estamos dispuestos a iniciar?

¿Qué esperas de la distancia, el tiempo y el lugar;
que en dónde vives no te quieren o pueden dar?

Agosto del 2005. Puerto Vallarta, Jalisco.


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