CINE DE MI PUEBLO.

Al mediodía del domingo,
se rompe el rumor del trajín pueblerino,
un destartalado carro de sonido
se desgañita anunciando:
función de estreno, función de cine.

Grita el improvisado locutor:
¡Hoy, hoy, solamente hoy
a las ocho y media de la noche,
el Cine Mexti presenta:
El Regreso del Jinete si Cabeza,
un desenlace que no se puede perder!.

En la vieja plaza de toros,
de trazo octagonal,
a punto está de iniciar la función dominical.

Los asistentes esperan con ansiedad,
los mayores en sus sillas,
que por veinticinco centavos acaban de rentar,
los que quieren ahorrar,
a las frescas gradas de cantera se van a sentar
y los niños a medio ruedo se van.

Mientras la hora llega los niños no dejan de jugar,
los jóvenes especulan sobre el final
y los adultos hablan del temporal.

Las mujeres, envueltas en sus rebozos,
no dejan de escuchar y de mirar.

La pantalla hecha de sábanas,
sujeta a dos morillos,
espera a cielo abierto las ráfagas de luz
que abran el túnel del tiempo y la fantasía,
transportando a los presentes
a mundos que les permiten vivir su sueño.

La duración de la proyección es tiempo de fuga,
escape de la realidad,
de conjeturar lo peor y aspirar a lo mejor,
de cobrar afrentas,
de darse lujo con lo que para ellos es prohibitivo,
de aproximarse a lo inconcebible e inconfesable.

Esta noche, en medio de un cielo estrellado,
verán el desenlace tan esperado.
El héroe, un charro cantor,
diestro en el arte de vengar a los pobres,
castigar a los malvados,
salvar a las mujeres,
restablecer la ley.

Corre la película,
mas no corre parejo,
pues el viejo aparato de proyección interrumpe la función
al quemarse la cinta con su calor.

Esos involuntarios intermedios aprovechados son
por los niños que entre gritos, brincos y bullicios reviven la emoción.

La película acaba entre lágrimas de mujer y aplausos de la chiquillada.

Concluida la función salimos como en procesión,
uno tras otro,
llevando a la cama la trama de la función.

Para los niños los héroes viven mucho más.

Durante meses, al caer la tarde,
el Jinete sin Cabeza en ellos renacerá y así,
entre gritos y balazos,
rendidos en los brazos de la noche caerán.

Otros y otros años llegaron
y ninguno para quedarse,
todos se fueron de paso
y con ellos nuevas películas,
protagonistas, gustos y espectadores.

Los niños se hicieron adultos mayores
El cine se mudó a un lugar cerrado.

La modernidad sepultó aquel cine singular.

Cine bajo las estrellas,
la noche,
la luna,
la lluvia,
el viento
y las estrellas fugaces, que como tizones rayaban la eternidad.

Al regresar a mi pueblo veo el viejo portón
y los años idos me invitan a pasar,
al ingresar, aludes de recuerdos me toman por asalto.

Los rostros de la chiquillada salen a saludar,
los veo y me veo entre ellos,
los puedo oír y mi voz me parece escuchar
y les pregunto qué han hecho de su vida
o si hay un más allá.

Unos vivos otros muertos,
unos en la memoria otros en el olvido,
unos que se fueron para jamás volver,
como se va el tiempo, la infancia,
la juventud y el cine de mi ayer.

Otros por aquí andamos
extrañando el asombro, el arrojo,
la fraternidad y la imaginación que solíamos tener,
que para el colmo también se fue,
Solo nos queda retener los sueños que sobreviven al desengaño de los años:
ahora se espera al que se fue
o retener lo que se consiguió,
se añora la salud de antaño,
se busca lo que la erosión del vivir desgastó,
deseamos lo que años atrás tuvimos a raudales:
tiempo, ganas de vivir y un futuro por construir.

Cuando pienso en esto me siento desprendido de mi cuerpo,
elevado por un remolino de sentimientos
que tiene en su centro un vacío,
que me regala la sensación de estar suspendido
entre ayer y el hoy,
viendo la película de mi vida,
absorto, como un espectador más
que espera el fin,
su fin,
como el de las películas.

Mayo del 2005. Guadalajara, Jalisco.


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