DUELE VIVIR.

Duele vivir porque la experiencia contradice nuestros deseos,
porque lastima la herida que dejó la edad perdida,
porque se contempla la caída de los sueños
y el fútil resultado de tanto trabajo.

Vivir duele por la angustia de saber del final de la existencia
y su intrascendencia.

Duele vivir por tantos adioses y desencuentros,
por los recuerdos que jamás serán revividos,
por las traiciones y olvidos de aquellos en quienes más creímos.
Vivir duele porque nos muestra el espejismo de la amistad,
nos pone a perseguir la felicidad en un camino sin final,
nos hace esperar tanto para darnos una migaja de alegría,
nos muestra la falsedad encubierta en la cordialidad,
el abismo entre lo que recibimos y esperamos,
entre lo que sembramos y cosechamos,
entre lo real y lo imaginado.

Vivir duele porque la rutina se vuelve ritmo de la respiración,
la monotonía se torna manecillas de reloj,
por ser tanto lo que se recibe y poco lo que se agradece,
por tener conciencia del tiempo que se aleja,
de las horas y los años que bien no empleamos,
por voltear la mirada al camino recorrido
y ver casi todo en el olvido.

La vida duele sin dolor,
porque duele con pena,
con la congoja de ver tanto sin sentido,
sembrado en el vacío,
de ver pasar la vida en lo mismo,
de sentir tanto sueño perdido,
de apreciar la fragilidad en la voluntad,
el doblez en la personalidad,
el abandono a la palabra empeñada
y la frivolidad en el sentimiento entregado

Vivir duele por lo cruel del destino,
la burla del azar y
el injusto trato recibido.
Más toda esta pena palidece frente a la experiencia de existir.
Duele vivir,
más ese dolor es el precio que pagamos por existir.

Enero del 2006. Guadalajara, Jalisco.


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