EL RECUERDO.

De su cocina ya no salen los murmullos,
ni los ricos olores
o el humo del fogón.

En su patio no hay macetas con claveles en botón,
ni jaulas con cenzontles o gorriones,
los frutales se secaron, las risas silenciaron.

De las ramas del mezquite ya no cuelgan los columpios,
ni el rastrojo en su copa se ve guardar.

Sus puertas derribadas están,
con sus dos hojas caídas,
como brazos extendidos,
en señal de llevar una herida mortal.

Sus ventanas no alcahuetean más
e indiferentes son a la entrada de la luz
o al cobijo de la noche,
al silbido del viento o al azote de la lluvia.
El yugo, el timón y el arado
cubiertos de tierra están,
pero eso no importa ya,
pues no habrá quien unza los bueyes más.

La canasta piscadora
y la piedra de desgranar tirados en el piso están,
pero eso a quien le puede importar
si la semilla en el surco ya no sembrarán.

Julio del 2004. Mexticacán, Jalisco.


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