VOTO Y VETO.

En el proceso mexicano de elección,
a cada difamación le aguarda una mayor,
a cada ofensa se espera otra peor,
a cada mentira se dicen cien más
para demostrar la “verdad” de la anterior,
a cada acto de corrupción se anuncia otro de mayor proporción,
esperando que el pueblo elija al menos peor.
A cada acuerdo de civilidad
un golpe bajo se da,

A cada promesa inviable vienen otras a granel,
a cada entrevista responde un desmentido que habla de su perversión.
A cada idea medianamente original
le llueve la denuncia de plagio intelectual.
En cada estudio de opinión
se desata la sospecha de clara deformación.
En cada movimiento del opositor
se ve una maniobra que oculta un complot.

El cinismo se petrifica,
volviéndose impenetrable a la decencia.
La verdad se torna pieza de museo,
la vergüenza se borró del diccionario,
la palabra empeñada no significa nada.
El cuestionar y condicionar a las instituciones
prebendas suele dar,
aunque sus costos sean debilidad en la sociedad.

La democracia no se perfecciona,
la ciudadanía no madura,
las instituciones no se fortalecen
solo el poder de los partidos y camarillas crece.
El fin es el yo, no el nosotros,
la meta no es tú y yo,
sino tú o yo.

La palabra no es instrumento de comunicación
sino de aviesa persuasión y engaño,
la palabra no construye consensos
solo laberintos cada vez más densos.
El gasto financiero
y el daño a la civilidad es irracional,
el beneficio, si es que lo hay,
es tan pobre que no lo puedo aclarar.
Sin duda este tipo de procesos,
por la salud pública, hay que erradicar.

Junio del 2006. Guadalajara, Jalisco.


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